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El silencio que viene de arriba.

Javier Darío Restrepo.

La imposición del silencio informativo, que recorre al mundo como un viento helado, golpea al mismo tiempo en Estados Unidos, Australia, Venezuela y en Colombia.

Los australianos no logran entender que el escándalo mundial, protagonizado por su cardenal George Pell, condenado por sus jueces por abuso sexual contra niños y destituido de su alto cargo en el Vaticano, deba ser silenciado por  la prensa australiana, porque una determinación  judicial así lo impone.

El mismo día en que se conocíó ese hecho paró la rotativa del diario El Nacional, de Caracas, por primera vez en sus 75 años. El régimen dictatorial de Nicolás Maduro logró silenciar esa voz después de un largo asedio en que  el gobierno impidió el suministro de papel para el periódico. Ya antes había silenciado 99 estaciones de radio y cerrado 33 diarios. Regímenes como el del dictador venezolano necesitan el silencio de los medios tanto como un periódico necesita el papel.

En su reciente libro, “El enemigo del pueblo”, el periodista Marvin Kolb, asesor del Premio Pulitzer, afirma sin rodeos que los dictadores, sean comunistas o fascistas, han utilizado por igual el silencio y las mentiras durante años. Aludía a los silencios impuestos por el presidente Trump a quien asocia con las peores dictaduras del siglo XX. Aludía Kolb al episodio en que una funcionaria de la Casa Blanca, durante una rueda de prensa, forcejeó para quitarle el micrófono al periodista de CNN que interrogaba al presidente Trump. El periodista, como ya había  ocurrido con otros, fue finalmente expulsado en un acto típicamente dictatorial: “el ala conservadora de la política de Estados Unidos se ha beneficiado de los atraques a la prensa”, afirma Kolb quien recordó cómo la sección  de verificación de datos del Washington Post, lleva contabilizadas 6000 veces en que el presidente Trump ha mentido.

“El ambiente es hostil contra la prensa; hay colegas que para ir a los eventos con el presidente, llegan con guardias de seguridad” afirmó la periodista María Peña, corresponsal hispana en la Casa Blanca.

Como en cualquiera de esos países, Australia, Venezuela o Estados Unidos, en Colombia se vive ese mismo ambiente hostil; con la diferencia de que aquí se pretende disimular el puño de hierro con el guante de terciopelo de unas leyes que se estudian en el congreso: una para “profesionalizar el periodismo” y otra para modernizar las TIC. Con esta se silenciará Noticias 1, el noticiero de que son socios Daniel Coronell y Cecilia Orozco, ambos respetables periodistas y agudos críticos del gobierno Uribe y del senador Uribe. El mensaje de urgencia que debieron tener los proyectos contra la corrupción, sí lo tuvieron estas leyes promotoras de silencios con las que – no se sabe si por ingenuidad o por desconocimiento- “se busca imponer la responsabilidad y la ética en el ejercicio periodístico” como si los valores éticos se pudieran imponer por mandato de alguien.

Pero no es esto lo que importa. Es evidente que son esos proyectos de intenta un salto hacia atrás con tal de disponer de un mecanismo de control de la información pública, bajo el nombre de “profesionalización”, mediante el regreso a la tarjeta profesional.

Cuando alguien afirmó que la mejor ley sobre prensa es la que no existe, destacó la sabiduría de los gobernantes que, respetuosos del derecho a la información y de la libertad de prensa, no invadieron un territorio que a los gobernantes debe serles vedado. La prensa está ahí para hacer real el derecho de la población a fiscalizar a sus gobernantes mediante el seguimiento de todas sus actividades, porque todas tienen que ver con el bien común.

Dictadores y autócratas de todos los pelambres no creen en ese derecho o lo menosprecian y miran al periodista como un personaje incómodo e indeseable, por eso buscan mecanismos de control para silenciarlos o para regular su actividad.

Es una significativa señal que en los comienzos del actual gobierno hayan aparecido estos dos intentos de imponer un control a la prensa y de subrayar la condición de indeseables de los periodistas colombianos que ejercen la crítica y la fiscalización del poder.Al menos, los que han entendido que esa es su función, la de ser indeseables para cualquier gobierno, del signo político que sea. Y la de ser la voz y los ojos vigilantes de toda la sociedad frente a los abusos del poder, de cualquier 

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