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Cuando las redes reemplazan al periodismo

  • Por Alfonso Cuellar, Revista Semana

    hoy siguen circulando por redes advertencias de fraude a partir de lo ocurrido en las consultas. pero pocos medios le han dedicado su ímpetu a lo que de verdad ocurrió

Soy un lector permanente de Twitter. Resuelve mis ansias de estar informado a cada minuto. De no perderme de la caída ni de un catre, como se quejan a diario en mi casa. Como fuente inmediata de noticias, es invaluable. Incluso superior a la radio, el rey de reyes. Sigo a unas 260 cuentas, la mayoría de medios de comunicación colombianos e internacionales, a columnistas y periodistas y a

varios dirigentes políticos de todas las tendencias ideológicas (de Álvaro Uribe a Iván Cepeda). Si bien reconozco la democratización que representa Twitter para el ciudadano, tiendo a aplicar la duda razonable a tuits de desconocidos. Intento en lo posible verificar antes que confiar, y menos antes de compartir por la red. No es fácil, especialmente cuando el dato proviene de una de mis fuentes confiables –un periodista o un medio–.

Hace unas semanas retuiteé una foto de un trancón descomunal de buses en la avenida Caracas, supuestamente tomada hace 15 años, antes de TransMilenio. Supe después que la imagen era de la década de los sesenta. Había caído en la propaganda de los peñalosistas.

Las redes invitan a la espontaneidad, a la acción y a la reacción. En el mundo ATFBWH (antes de Twitter, Facebook, WhatsApp), la información tenía diques, llámese editores y salas de redacción. Era posible, a lo Pibe Valderrama, bajar el balón y observar todo el campo. Aunque fuera por unos pocos minutos. Con la pausa, se evitaron incontables equivocaciones.

Me inquieta que cada vez más y más de mis colegas y medios hayan abandonado esa práctica de titubear antes de publicar. Que confundan la facilidad de divulgar masivamente con su responsabilidad como representantes del cuarto poder. Como los médicos y su juramento hipocrático, los periodistas tenemos la obligación y el compromiso de informar lo más veraz posible. También están en juego vidas humanas. Las redes no pueden –no deben– ser una excusa para violar la ética de la profesión.

De todas las amenazas a la libertad de prensa, desde los tribunales que buscan coartarla hasta las declaraciones intimidantes de dirigentes políticos, el mal manejo de las redes sociales es, tal vez, el de mayor peligrosidad. Si el lector, el oyente o el televidente no confían en quienes se dedican a este oficio, acudirán a otros que satisfacen sus necesidades. A los brujos y charlatanes que habitan en el ciberespacio. No es un riesgo cualquiera para nuestra democracia imperfecta, como quedó al descubierto en las elecciones del pasado domingo 11 de marzo.

Alrededor del mediodía empezaron a circular denuncias por las redes por la falta de tarjetones para la consulta entre Iván Duque, Marta Lucía Ramírez y Alejandro Ordóñez en mesas de votación en Medellín. En pocos minutos, llegaron quejas desde puestos en Bogotá. En menos de una hora, se hablaba de una crisis de abastecimiento a nivel nacional. Pulularon videos de votantes enardecidos. Que El Poblado, que el Liceo Francés. No importaba que fuera el mismo video, retuiteado una y otra vez. El candidato Gustavo Petro alegaba la misma dificultad en su consulta en el sur de la capital y otros lugares en la costa. Cuando el registrador Juan Carlos Galindo propuso como solución el uso de fotocopias, parecía de Ripley. Se empezó a hablar de un fraude, fraguado presuntamente desde la misma Casa de Nariño. Esas acusaciones sin fundamento eran retuiteadas por varios medios y sus principales figuras. Más leña para la candela.

Que no pasó a mayores se debió principalmente a las amplias victorias de Iván Duque y Petro. Pero fueron momentos de alta tensión, en los que el periodismo no cumplió a cabalidad su función. Solo unos días después conoceríamos que apenas 26 puestos de 11.229 tuvieron la crisis de escasez. Y que el primero de febrero representantes de las campañas de las dos consultas habían aceptado el uso de fotocopias y la logística de distribución, los 30 millones de tarjetones (sobrarían 21 millones).

Hoy siguen circulando por redes advertencias de fraude para las elecciones del 27 de mayo y utilizan como prueba reina lo ocurrido en las consultas. Con contadas excepciones, pocos medios le han dedicado el mismo ímpetu con el que denunciaban el caos a lo que verdaderamente ocurrió. Han permitido que subsista una sombra de duda sobre el proceso electoral en un ambiente tan polarizado como el actual.

Lo irónico es que no es difícil evitar esos errores. Solo hay que aplicarle las reglas básicas del periodismo a lo que salga en las redes. Y ya.

En mayo del año pasado varios periodistas lanzaron la campaña #NoComocuento para enfrentar la difusión de noticias falsas. Sugiero una adenda a esa iniciativa: #PrimeroPeriodismo. n

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